La FIFA abre la cortina. ¿Pero verá algún día la luz?

Este martes la FIFA hizo público el documento elaborado por Michael J. García. La organización lo mantuvo oculto por tres años, pero lo sacó a la luz pública ayer en aras, según dicen, de la “transparencia” (o más bien porque el diario alemán Bild logró hacerse con una copia e indicó que lo publicaría). El informe de más de 400 páginas revela la red de sobornos gestada durante el proceso de selección de las sedes de Rusia 2018 y Qatar 2022. Y en la que todos, excepto Bélgica y Holanda, salen pringados. Rory Smith, del New York Times, nos arroja algunas luces sobre este informe.

El único respiro aparece en la página 99. Es breve: sólo cuatro líneas, tres frases, entre muchas miles. La prosa es seca y estéril, sin venir acompañada ni de floreos retóricos ni de elogios exuberantes.

Sería, en circunstancias ordinarias, un párrafo insignificante. En el contexto del resto del informe secreto de Michael J. García sobre cómo se ganaron las sedes de las Copas Mundiales de 2018 y 2022, sin embargo, se convierte en todo lo contrario.

“El equipo de Bélgica / Holanda ofreció completa y valiosa cooperación para establecer los hechos y circunstancias de este caso”, escribe García. “Los testigos fueron puestos a disposición para entrevistas; se generaron documentos ; y las solicitudes de seguimiento se realizaron a cabalidad. No se identificaron problemas.”

Michael J. García

Y luego, después de ese breve desvío hacia la normalidad, ese simple “nada que ver aquí”, todo vuelve a revolverse. Aparte de ese párrafo, el informe de García gasta 430 páginas pintando el panorama más sombrío del mundo de la FIFA, lo que su autor califica de “cultura de prebendas”.

La etiqueta es inadecuada: lo que describe García es la cobardía y la venalidad, la arrogancia y la ira, la avaricia y el aferramiento al cuerpo gobernante del fútbol y los hombres que habían llegado a dominarlo.

Y lo hace tan implacablemente que, al final, el efecto debe ser tan desgastante, tan mareante y deprimente, que resulta levemente distópico. Y esto no sólo porque muchas de las demandas de los buscadores de renta y auto-interesados ​​guardianes de la FIFA resulten cómicas.

Ahí está la historia de Jack Warner (delegado de Trinidad y Tobago) tratando de persuadir al equipo delegado de Inglaterra para que el hijo de su abogado obtuviera un trabajo, y luego poniéndose difícil  cuando el empleo no fue lo bastante bueno. Hizo lo mismo cuando Inglaterra accedió a organizar dos partidos con el equipo sub-20 de Trinidad y Tobago, pero eso sí, con pasaje aéreo gratis.

Está Nicolás Leoz, el delegado paraguayo, que interpreta el papel de un villano particularmente poco convincente al pedirle a Inglaterra la oportunidad de conocer a la reina, ser nombrado caballero, y que la Copa FA fuera bautizada con su nombre.

O Michel D’Hooghe, director médico de la FIFA, quién recibió de regalo un cuadro por parte de Vyacheslav Koloskov, asesor de la delegación rusa y “amigo personal cercano” del belga durante 20 años. D’Hooghe trató de evitar las acusaciones de corrupción declarando que se había enterado de que el cuadro no tenía valor y que lo odiaba tanto que trató de cedérselo a su secretaria, quien también lo odiaba.

Allí está Harold Mayne-Nicholls, jefe del equipo de votación de la FIFA, tratando de persuadir a la Academia Aspire de Qatar, su centro de entrenamiento de vanguardia, para que su hijo y otro jugador fueran a entrenar allí, una solicitud tan descarada que los qataríes, cuyos métodos ocupan la gran mayoría del informe, tuvieron que decirle que era impropio.

Están Ángel María Villar Llona y Julio Grondona, miembros del comité ejecutivo de España y Argentina, en estado de furia porque debían responder preguntas; hay acusaciones -desestimadas por García- de que países que competían entre sí habían negociado votos; está el burlón que se pone en contacto para decir que Grondona y Sepp Blatter, ex presidente de la FIFA, tenían una cuenta bancaria conjunta, en Estados Unidos, con sus propios nombres. Por ridícula que parezca esta última acusación, para cuando aparece en el informe, la amoralidad de los personajes involucrados está tan normalizada – y tan falta de  vergüenza – que sorprende un poco que Garcia no profundizara acerca de ella.

Sin embargo, a pesar de todo lo que descubrió -después de 18 meses de investigación y luego de tres años de secreto mal justificado- lo que increíblemente NO quedó al descubierto fue la prueba de que Rusia, anfitriona de la Copa del Mundo del próximo año, o Qatar, que celebrará el torneo 2022, hubieran sobornado su camino a la victoria.

García no hubiera podido -dado el entorno en que se vio obligado a trabajar- tener éxito en probar esto último. Sólo un puñado de los miembros del comité ejecutivo, quienes recuentan los votos finales -los únicos que hubieran podido aportar pruebas concluyentes del soborno- acordaron trabajar con él. Y Rusia -desesperadamente, infortunadamente, de manera completamente accidental- destruyó todos los computadores que utilizó durante el proceso de selección.

Sin embargo, eso no debería disminuir el efecto global -o el significado histórico- de los hallazgos de García. Puede que no haya encontrado ninguna evidencia de que alguien rompiera la letra de la ley, pero sí encontró que, casi sin excepción, todos los involucrados en el proceso de adjudicación en algún momento transgredieron el espíritu de la misma.

Nadie -con la posible excepción de los holandeses y los belgas- podría leer las 430 páginas del informe y creer que saldría bien parado. Nadie, quise decir, excepto Rusia y Qatar.

Este último país corrió con una declaración el martes, indicando que el reporte de García representaba “una reivindicación a la integridad de nuestra escogencia”. Vitaly Mutko, viceprimer ministro de Rusia y organizador en jefe de la Copa del Mundo del próximo año, dijo que su país “no ha hecho nada que hubiera violado el código ético o las normas y principios generales de las reglas de escogencia “.

Estas reacciones fueron, a su manera, indicadores de los problemas que enfrentan tanto la FIFA en su intento de reformarse, como del contenido del informe en sí.

Durante tres años el informe de García se mantuvo secreto. La FIFA sacó un resumen acomodado, y Blatter, el anterior presidente, dijo que eso sería todo. El nuevo presidente, Gianni Infantino, declaró después que él no podía hacer nada más porque debía proteger la privacidad de algunos de los involucrados, o bien debido a las investigaciones activas del comité de ética de la FIFA. Durante dos años y medio, la organización obstruyó y ofuscó. manipuló y esquivó.

Esta semana, en cuanto el diario alemán Bild indicó que había obtenido una copia, todas esas reservas desaparecieron milagrosamente. Cuando el reporte completo fue publicado el martes por la tarde, la FIFA declaró que al hacerlo estaba probando su compromiso con la “transparencia”.

Aunque esta excusa sea una interpretación bastante generosa, si la unimos a los hallazgos de García,  es difícil entender por qué la FIFA no hizo público el informe antes. Infantino ha hecho muchas de sus credenciales como el reformador requerido de una organización podrida. Y en 430 páginas, García le muestra exactamente contra todo lo que tiene que pelear. La falta de arrepentimiento, por parte de Rusia y Qatar, en respuesta a la publicación del reporte, prueba lo lenta que irá esa lucha.

Este era un mundo, después de todo, en el cual durante el viaje para evaluar la oferta de Japón para el 2022, a varios miembros del comité ejecutivo les obsequiaron unas cámaras digitales de tecnología de punta, con valor de alrededor de $1,200. Reynald Temaril, el delegado de Oceanía que luego cayó en desgracia, dijo haber olvidado recibirla. También le obsequiaron una bola yakusugi, una fina pieza de artesanía hecha de cedro japonés, que también costaba unos $1,200. Él la describió como “un pequeño trofeo de madera”. En la FIFA la gratitud no existe, solo la expectativa por obtener más. Sus altos funcionarios no reconocen el costo o el valor de nada.

Infantino -como cualquier otro- necesitará tiempo para cambiar esta cultura, para transformar a la FIFA en un lugar en donde esas cuatro líneas del informe describiendo el comportamiento de Holanda y Bélgica sean la norma, no la excepción. El reporte de García expuso mucho -aunque no todo- de los que sucede entre las sombras en la FIFA. Pero al hacerlo, muestra cuán largo, profundo y duro será para la luz penetrar.

La tentación es ver esta publicación como el final de algo. Si la FIFA va a cambiar, debe verse más bien como el comienzo.


Comentarios (FB)
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *